EL VALOR DE LA HONESTIDAD

Como siempre que hablamos de educación, lo primero que hay que tener en cuenta es que los padres y responsables de su educación somos los MODELOS A IMITAR y que nuestra actitud prevalece por encima de todos los argumentos que le podamos dar.

 

Por Pelancha Gómez Olazábal

Directora de la Escuela Infantil JAUJA

Tenemos que darnos cuenta de que los niños vigilan con su mirada todas nuestras acciones y sacan sus propias conclusiones. Nosotros estamos EDUCANDO SIEMPRE, no hay tiempos concretos, momentos que dedicamos a educarle, ahí radica la importancia de nuestro comportamiento en todo momento pues somos los responsables de su educación.

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¡Cuántas veces mentimos delante de él, o le pedimos ser partícipe de esa mentira para salvarnos de una amonestación! ¡Cuántas veces nos ve tirar un papel al suelo, pasear al perro y no recoger sus excrementos, colarnos en una cola larguísima, transgredir una norma para provecho propio!… Los niños toman nota de todos nuestros comportamientos y se dan perfecta cuenta de nuestra incoherencia a la hora de aplicar unas normas y exigir su cumplimiento.

¿Cómo queremos educar en valores cuando nosotros somos los primeros que tenemos una actitud egoísta y de “sálvese el que pueda”, en esta jungla en la que nos ha tocado vivir? Solo hay que salir con el coche para comprobar la falta total de respeto y generosidad. Es muy bonito hablar de “educar en valores” cuando nosotros no somos capaces de llevarlo a la práctica.

Un valor que actualmente está muy infravalorado y al que yo le doy una importancia primordial es el VALOR DE LA HONESTIDAD.

Es un valor que se necesita practicar casi a diario y que se consigue poco a poco a lo largo de toda nuestra vida. Es difícil mantenerlo en la sociedad actual donde impera el hedonismo a ultranza, el narcisismo e individualismo. Es la cultura de la recompensa fácil, del no-esfuerzo y las formas de conseguir los éxitos a costa de lo que sea.

SER HONESTO CONSIGO MISMO es aceptarnos como somos, mostrándonos orgullosos de nuestras habilidades, así como reconociendo nuestras limitaciones, sin tener que echar la culpa de nuestros errores al otro. Tratar de ser lo que no somos nos lleva a engañarnos a nosotros y a los demás.

SER HONESTO CON EL OTRO, NO HACER TRAMPAS (engañar) en beneficio propio.

Ahora está muy valorado ir de “listillo” ante los demás, cuando conducimos el coche, hacemos trampas para adelantar puestos en una desviación (!Yo no puedo esperar!), no pongo el intermitente cuando tengo que girar (¡qué me importan los demás!) o robo un artículo en una tienda por el placer que obtengo al haber engañado al tendero. El niño, con nuestra actitud egoísta, va aprendiendo el valor de la mentira, del engaño pues ésta aporta un beneficio propio en detrimento de los demás.

Hacia los 7 años, el niño empieza a utilizar la mentira para salvarse de una reprimenda, a hacer trampas para ganar en un juego, a engañar a su amigo para conseguir algo de él.

Muchos padres, cuando juegan con su hijo a un juego de reglas, no le descubren las trampas que utiliza o le dejan ganar porque creen que así el niño es más feliz y no se dan cuenta que, cuando este niño se relacione con los demás, no va a encontrarse en las mismas condiciones de ventaja y no va a aceptar ser perdedor.

Algunos padres hasta aplauden el hacer trampas pues lo consideran un signo de inteligencia y picardía y no se dan cuanta que el niño va a valorar más el resultado y la victoria que el placer de compartir un juego.

El niño tiene que aprender que unas veces se gana y otras se pierde (la tan manida expresión de “lo importante es participar” que utilizamos sin demasiada convicción), tiene que aprender a disfrutar del juego no solo de ganar al contrincante, tiene que aprender a aceptar los errores y limitaciones, de tener en cuenta al otro, ¿te gustaría que te hicieran trampas a ti?, ¿cómo te sentirías si te ganaran con trampas? para ir consiguiendo un comportamiento más social y de verdadera cooperación.

Se puede ser competitivo pero de manera honesta, ganar por el esfuerzo pero no en menoscabo del otro, pavoneándonos de nuestro triunfo ante los demás, infravalorando a los compañeros. En nuestro interior, no podemos estar orgullosos de nuestro proceder si hemos conseguido el triunfo con trampas.

Extrapolando la correcta actitud en el juego, estamos construyendo una personalidad honesta, donde se tiene en cuenta al otro, donde el niño se esforzará por ser mejor persona por aprender a CONVIVIR. Y RESPETAR.

¿Por qué son tramposos?

Muchos padres tienen más en cuenta los resultados que el esfuerzo por conseguirlos y aplauden la victoria aún a sabiendas como se ha conseguido. Es el padre que discute con el árbitro un gol metido con la mano, el que azuza a su hijo desde el banquillo para que dé una patada al contrincante, el que va a insultar al profesor porque el niño ha suspendido un examen, el que defiende a su hijo en un altercado, cuando éste no tiene razón…

Muchas veces los niños no quieren defraudar a los padres, que han puesto el listón muy alto y exigen a su hijo unos resultados que no puede obtener por sus propios medios y tienen que valerse de la mentira para conseguirlos.

Valoran más los resultados que los medios para alcanzarlos. Esta actitud tiene como resultado niños con baja autoestima que se tienen que apoyar en las trampas y las mentiras para obtener resultados satisfactorios. Con su actitud permisiva ante las trampas en el juego, están allanando el camino para que sea tramposo en otros campos como en el estudio (copiar en los exámenes), atribuirse un mérito en un trabajo que no ha realizado, pisar a los para quedar triunfador, dar una imagen diferente a sus padres mintiendo sobre sus actividades y amistades…y un largo etcétera que todos conocemos.

Nosotros, como educadores, debemos valorar más el esfuerzo que los resultados, alentar a nuestros hijos a conseguir éxitos en la vida por medio del esfuerzo, a estar a su lado para echarles una mano cuando lo necesiten pero son ellos los que deben encontrar las herramientas y sentirse orgullosos de sus logros.

 

Autor entrada: MTEVA