DARÍO VILLANUEVA -Premio Francisco Umbral al Libro del Año por Morderse la lengua. Corrección política y posverdad-

Licenciado en Filología Románica y Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Santiago de Compostela, de la que es Profesor emérito desde 2020, doctor en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Madrid, académico honorario de la Academia Colombiana de la Lengua, doctor honoris causa por catorce universidades y miembro de la Real Academia de la Lengua española desde 2008. Con esta presentación no es de extrañar que, Darío Villanueva, haya obtenido en este 2021 el galardón al Libro del Año por su obra ensayística Morderse la lengua. Corrección política y posverdad. “Mi gratitud sin límites a la Fundación Francisco Umbral, al jurado y a Majadahonda por este premio, así como a los muy numerosos lectores que han posibilitado que mi libro, publicado en marzo de 2021,  alcanzase en agosto su sexta edición”. El reconocido autor concede esta entrevista a Majadahonda TeVá.

Por: Elena Marticorena

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¿De dónde le viene su vocación por las letras y cómo le han influido sus orígenes a lo largo de su carrera?

Desde muy niño fui un lector impenitente, en lo que tuvieron mucha influencia mis padres, que también lo eran. A veces he pensado en cómo me han podido afectar mis orígenes y creo que aparte de lo dicho, me influyó mucho que mi madre hubiese hecho la carrera de Magisterio, aunque nunca llegó a ejercerla, y mi padre, que fue magistrado, tuviera una gran preocupación por hacer justicia y por ser muy claro y preciso en el uso del idioma.

¿Cuáles son los títulos en los que más se ha dejado el “alma”?

Sin duda, desde siempre, El Quijote, que es una obra inagotable. Y luego, la gran poesía, que es la expresión máxima de la literatura entendida como la revelación del mundo y de lo que somos, a través de “las mejores palabras en el mejor orden”, como decía el poeta inglés Samuel Taylor Coleridge.

Ha realizado la edición y prólogo de las Obras Completas de Emilia Pardo Bazán junto a José Manuel González Herrán (1999-2005). ¿Por sus orígenes gallegos o por su propia autora?

Dario Foto3González Herrán es santanderino. La afinidad gallega, sin embargo, sí que está presente en mí. Pero lo fundamental, para los dos coeditores de los doce volúmenes de la Narrativa completa de doña Emilia publicados en la Biblioteca Castro, es que estamos ante una de las figuras literarias e intelectuales más importantes de todo nuestro siglo XIX y comienzos del XXI, con una dimensión, además, cosmopolita que la puso codo con codo al lado de los grandes novelistas europeos, franceses y rusos sobre todo, de su época.

 

Es miembro de numerosas Academias de las Letras (o de la Lengua) en Latinoamérica, Norteamérica, y Europa. ¿Siente que su labor se reconoce en gran parte del mundo?

No tengo ninguna queja al respecto, sino lo contrario. Hasta el momento, varios de mis libros están traducidos al inglés, francés y árabe, y en este momento está en marcha la traducción de dos de ellos al chino y al hindi. Por otra parte, como universitario que soy, he recibido el doctorado honoris causa por catorce universidades de España, Reino Unido, Suecia, Estados Unidos, China, República Argentina, Perú, Ecuador, Honduras y Nicaragua.

Además, es miembro de la Real Academia de la Lengua española desde 2008 y director de la institución desde 2015 hasta 2019. ¿Qué nos puede contar de este cargo?

Darío Villanueva. Nuevo presidente de la RAE . Madrid Diciembre de 2014
Darío Villanueva. Nuevo presidente de la RAE . Madrid Diciembre de 2014

Previamente, había sido durante cinco años secretario de la RAE, que es el segundo de abordo. No pretendía llegar a director, y nada hice para serlo; sin embargo, el diciembre de 2014 me votaron veintiocho de treinta y dos académicos. Disfruté de manera muy especial el desempeño de la presidencia de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), que eran al principio veintiuna además de la RAE. Visité dieciocho de ellas, incluida la de Filipinas, pero tuve la satisfacción de promover la creación de la de Guinea Ecuatorial, la única africana, y la Academia nacional del judeoespañol o ladino en Israel.

Igualmente, fue todo un honor para mí y una experiencia inolvidable pertenecer durante cuatro años, como miembro nato, al Consejo de Estado. Hubo otras circunstancias menos gratas: un recorte brutal en los ingresos de la RAE, tanto los que procedían del Estado, que nunca habían superado el 50 % del presupuesto (de unos ocho millones de euros) pero que se redujeron en un 60%, como de la Fundación pro RAE, los patrocinadores privados y la venta de nuestras obras (Gramática, ortografía y, sobre todo, el diccionario). Eso y cierta desilusión como académico me aconsejaron renunciar a seguir cuatro años más, decisión que cada vez me parece más acertada por mi parte.

Desde 1978 está vinculado a la Universidad de Santiago de Compostela primero como profesor, después como decano en 1987 y finalmente como rector en 1994. Desde 2020 es profesor emérito. ¿Siempre quiso enseñar o estar al frente de una institución de enseñanza?

En septiembre de este 2022 cumpliré cincuenta años como profesor de la Universidad: empecé recién licenciado y ahora soy emérito. También guardo una especial vinculación con la Universidad Autónoma de Madrid en la que me doctoré en 1976. Sí, siempre quise ser lo que durante tanto tiempo he sido y constituye mi condición personal más determinante. En un libro de memorias que escribí al jubilarme, titulado De los trabajos y los días: filologías, publicado en 2020, defino mi etapa de la RAE, en la que sigo como miembro de a pie, como mi “paréntesis académico”.

Profesor visitante y conferenciante en universidades de todo el mundo. ¿Cómo ve a España cuando sale al extranjero?

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Cuanto más viajo, más idéntico me encuentro con las personas de los otros continentes que conozco. Me encanta, por supuesto, descubrir las peculiaridades de cada país, pero siempre vuelvo con alegría al mío. Y me siento arropado y enriquecido por la lengua que me acompaña, hablada por quinientos millones de personas.

Entre los años 2015 y 2018 realizó numerosas visitas institucionales, ¿Cuáles recuerda con más estima?

La de los países centroamericanos que no conocía, la de Filipinas, Colombia (donde está la academia decana de las americanas, que acaba de cumplir ciento cincuenta años), Perú, Ecuador y los países hispanoamericanos en los que ya había estado varias veces, sobre todo Uruguay, Argentina, Cuba y México. Y luego también Rusia, cuando fui a inaugurar el “año dual” España-Rusia en el Museo Pushkin de Moscú. Finalmente, China, con el descubrimiento de algunas de sus grandes ciudades, y entre ellas Shanghai, en donde me doctoraron honoris causa.

El pasado 11 de enero se anunció que su ensayo Morderse la lengua: corrección política y posverdad  había obtenido el Premio Francisco Umbral ¿Cómo recibió la noticia y quién se la dio?

LibroLa recibí con gran sorpresa, pues se trata de un premio ideal para un vago: no hay que hacer nada (salvo escribir el libro). No hay que presentarse, ni siquiera saber que se está fallando, y mucho menos mover hilos para ser candidato o ganador. Supe de él en su convocatoria de este año cuando María España, la viuda de Francisco Umbral, me llamó por teléfono para darme la noticia de que lo había ganado. Y luego de la sorpresa vino la emoción y el agradecimiento al jurado que me lo concedía, así como un recuerdo especial hacia la figura de quien da nombre al premio, un escritor al que leí mucho, admiré siempre y traté personalmente.

Es su primera obra ensayística, ¿Qué le inspiró a producirla?

Fundamentalmente, dos experiencias: la universitaria y la académica. En cuanto a la primera, desde principios de los años ochenta he viajado mucho allí y enseñado en numerosas universidades norteamericanas, y pude detectar así como nacía en ellas la “corrección política” como una nueva forma de censura “posmoderna” por así decirlo, que desde los campus se irradiaba a toda la sociedad. Y también cómo en el ámbito político y mediático iba creciendo la mentira de siempre, ahora bajo la forma de la denominada “posverdad”, que en la era de Trump alcanzó su cenit. Ambos fenómenos inciden sobre el lenguaje, deteriorando la claridad y limpieza con que se dicen las cosas por su nombre, y la relación entre las palabras y la realidad o verdad que designan. Pude, asimismo, empezar a investigar hasta qué punto en lo uno y lo otro influía el enorme éxito que en la universidad norteamericana (no así en la europea) alcanzaba la filosofía de la “deconstrucción” de Jacques Derrida y Foucault, que yo considero intelectualmente perniciosa.

Tercer premio Francisco Umbral a un miembro de número de la Academia. ¿Cómo le hace sentir esto?

Muy honrado. Me cuesta creerlo, porque sobre todo tengo una relación de especial admiración y amistad con otro de los ganadores, Mario Vargas Llosa, cuya obra he estudiado además de leerla con gran placer, tanto en su dimensión narrativa como ensayística. Con Mario he colaborado además durante años en la Fundación de la Biblioteca Miguel de Cervantes que él presidía, y en la cátedra que lleva su nombre.

Segundo ensayo en obtener un premio Francisco Umbral, ¿cree que es un género en ascenso?

Sin duda. Cierto que la narrativa es el género editorialmente más popular, pero los lectores cada vez buscan con más ahínco libros que ayuden a comprender la complejidad de la condición humana, de los acontecimientos pasados o presentes y se aventuren a proyectar interpretaciones coherentes del porvenir. Por otra parte, la escritura ensayística puede alcanzar valores estéticos verdaderamente literarios, sin menoscabo del su rigor conceptual y la indagación acerca de la verdad de las cosas.

¿Cuáles son los principales problemas con lo que se enfrenta la lengua en la actualidad?

Según la tesis de mi libro, la absoluta falta de respeto hacia ella, el tratarla frívolamente como la causa de muchos males del mundo cuando las palabras no crean las realidades sino exactamente al revés, las realidades crean las palabras. Añádase la manipulación política en forma de censura acerca de lo que se puede decir y lo que no, y cómo hay que decirlo por imposición de entidades difusas procedentes de la sociedad civil cuando no de los poderes públicos, y el triunfo de la mentira posmoderna que hace ley de la desconexión total entre las palabras y la realidad que designan. El escritor inglés George Orwell, adelantándose visionariamente a lo que en mi libro digo que está pasando en la actualidad, acuñó un término que ha tenido éxito: el “newspeak”, la “neolengua”. Yo me he atrevido a proponer otro concepto para designar lo mismo: “poslengua”.

¿Qué instituciones y organismos deberían “dejar de morderse la lengua”?

Lo fundamental es que seamos los ciudadanos, dueños del idioma, los que no renunciemos a hablar libremente. Pero las minorías muy activas que quieren censurarnos en virtud de causas nobles que consideran que se pueden defender manipulando el lenguaje deben se contrarrestadas. Y no digamos los poderes públicos, pues se están dando casos en que el ejecutivo (los gobiernos), y el legislativo (los parlamentos que elaborar las leyes) están reinventando la censura propia de los regímenes dictatoriales, que es por completo contradictoria con la democracia.

 

 

 

 

 

Autor entrada: MTEVA